S
e trata de un debate sempiterno que tiene bastante de irracional. Desde hace mucho, la OCU viene exigiendo que se identifiquen adecuadamente el origen de las grasas, evitando alegaciones genéricas como “grasas vegetales” o “grasas animales”. Fundamentalmente porque lleva al absurdo de bendecir la primeras y criminalizar las segundas.
Con la entrada en vigor del Reglamento de Información al Consumidor, esta adecuada identificación o especificación será una realidad. Por fin sabremos qué hay detrás de las frecuentes alegaciones de “grasas vegetales” que, en su reiteración, por contraposición a la mantequilla o a las “grasas animales” han generado la falsa imagen de que la presencia de grasas de origen vegetal acercaba al alimento en cuestión al grupo de los recomendables en una dieta. Nada más lejos de la realidad. Según hemos podido comprobar en nuestros análisis, detrás de esos dos términos se escondían unas grasas muy poco recomendables, de origen, eso sí, vegetal: coco, palma y palmiste, ricas todas ellas en ácidos grasos saturados que, sin bien son necesarios en una dieta equilibrada, su consumo debe ser moderado. Por regla general, cuando un fabricante incluye en su producto un aceite vegetal “noble”, como el aceite de oliva, ya se encarga de indicarlo, destacadamente, en el etiquetado del alimento. No se habla, en ese caso, de una grasa vegetal genérica sino de un aceite cuya presencia va a conllevar un pequeño incremento del precio en el producto. De ahí que cuando, en un alimento se habla sólo de grasa vegetal es muy probable que estemos ante la presencia de ácidos grasos poco recomendables cuya ingesta convenga tener muy en cuenta. En sentido contrario, hay grasas de origen animal realmente aconsejables y que se encuentran principalmente en los pescados, tanto azules como blancos, aunque más en los primeros (sardina, boquerón, palometa, atún, etc.) que en los segundos (merluza, dorada, lubina, etc.). Por eso nuestra insistencia de incluir pescado en nuestra dieta, empezando ya por los más pequeños. La cuestión no está, pues, entre la grasa vegetal y la animal sino en la naturaleza de sus ácidos grasos. El equilibrio no es, pues, entre grasa la vegetal y la grasa animal sino entre los ácidos grasos saturados y los (poli)insaturados. Quizás no sea un asunto cuya dimensión científica haya que hacer conocer a los alumnos de nuestras escuelas (aunque yo no sepa muy bien por qué), pero sí a quienes nos enfrentamos, un día sí y otro también a hacer realidad lo que se come en nuestra familia.