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esde hace unos días se viene hablando de esa medida: una revisión del IVA que implicaría la desaparición de dos tipos, el reducido y el superreducido. Mucho nos tememos que esta vez, el viejo dicho de que "cuando el río suena, agua lleva" va a ser una lamentable realidad. Y el efecto de la misma será, sin duda, devastador.
Le hemos pedido a nuestros técnicos que echen mano de la calculadora y hagan una estimación de lo que podría significar para una familia media esta medida. Como es lógico, lo han hecho partiendo de datos medios (teniendo en cuenta que según estos datos, cada hogar español gastó casi 30.000 euros). Tomando la disgregación de gastos que hace el propio INE, la diferencia de lo que vamos a pagar por lo mismo se acerca a los 900 euros cada año, es decir, en torno a un 3% más que habría que añadir al casi 8% que ya pagamos, de media, por el impuesto del valor añadido de las cosas. Si tenemos en cuenta que el mayor impacto se producirá sobre algo tan esencial como es la alimentación, no cabe duda de que, si se decide eliminar los impuestos de valor añadido reducido y superreducido, quienes más lo van a notar son aquellos a los que más les cuesta llegar a fin de menos, salvo que decidan comer sólo los días pares o impares. Aunque es tarea que me consta que es casi imposible, uno esperaría de la sensibilidad de los poderes públicos un poco más de consideración hacia las ya muy maltrechas economías de los ciudadanos. Hay, pienso, y piensa la OCU, que existen alternativas que evitarían que la revisión de los tipos impositivos, si es necesaria, no se haga afectando a bienes que son de primera necesidad. Claro que para eso hace falta, quizás, un poco de imaginación y otro poco de voluntad.